42 Muerte de Sergio

Desde el año 2003 o 2004 mi hermano Sergio García Varela tenía el cuello muy engrosado.
A pesar de los muchos exámenes que le hicieron, siempre le decían que no era nada digno
de atención.
Era un tipo delgado alto, apuesto, con inmenso éxito entre las mujeres.
Cuando teníamos 15 o 16 años, para ir a la playa, habitualmente a Reñaca, nos parábamos
un grupo de muchachos a hacer dedo o autostop a los autos que pasaban por la avenida
Libertad de Viña del Mar.
Cuando estábamos en esa tarea era frecuente que se detuviera el reluciente último
modelo de alguna de las tres o cuatro mujeres famosas en Viña por su belleza y
liberalidad, las que entonces nos parecían muy mayores aunque deben haber tenido entre
30 y 40 años. El auto se detenía exactamente al lado mi hermano Sergio y se lo llevaba sin
que nos lo devolvieran hasta tarde esa noche o al día siguiente.
Sergio, ingeniero agrónomo, trabajó casi toda su vida profesional como encargado de
varios fundos ubicados en la zona central de Chile, entre los ríos Aconcagua y Biobío,
propiedad del grupo Córpora, entonces de Pedro Ibáñez Santa María, quien había sido
uno de mis compañeros de curso durante mi estadía en el colegio de los Padres Franceses
de Viña del Mar.
La agronomía fue la pasión de Sergio y en esa actividad fue un destacado ejecutivo.
Fue alcalde de Marchigüe durante la dictadura de Pinochet, de quién era acérrimo
partidario.
El 2005 le dijeron que la hinchazón en su cuello era un cáncer avanzado.
Desde el día de su diagnóstico lo acompañé todos los días sin excepción, en su casa en
Callao 4025, en Las Condes, Santiago.
Ahí departíamos cariñosamente.
A veces participaba también don Leslie Wilson, quién había sido director del grupo
Córpora.
Cuando se aproximaban sus días finales Sergio fue internado en la Clínica Alemana donde
lo atendió un médico que demostró muy poca empatía y bastante crueldad.

A esa altura su avanzado el cáncer ya le había tomado el hígado y otros órganos vitales, lo
que evidenciaba que le quedaban muy pocos días de vida.
Entonces los familiares organizaron un sistema de turnos para que él nunca estuviera solo.
Pedí el turno que nadie quisiera. Me tocó acompañarlo desde las dos hasta las seis de la
mañana cosa que hice con el mayor de los cariños a pesar de que el hombre ya estaba
prácticamente inconsciente.
Cómo estaba previsto, el día en que murió se reventó en sangre.
Corría el mes de julio del 2006.

En diciembre de ese triste 2006, dada mi estrecha situación económica y la muy
desagradable situación legal en que me encontraba, demandado por Amira y Lilianette
Esquivel Utreras, regresé a Venezuela, con mi mujer y nuestros dos hijos, a vivir en el

departamento que algunos años antes había comprado para regalárselo a mi amada
Irisnorth.
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